The quest (parte I)

La Muerte no acaba de salir de su asombro: ¿cómo había podido acabar en esa situación? Bueno, asombro lo que se dice asombro… Estaba todo lo asombrada que puede estar la representación antropomórfica de la muerte ante un suceso inesperado. Le costaba entender lo que estaba pasando y eso es algo que jamás había ocurrido antes. Porque al fin y al cabo, la Muerte lo ve todo y lo sabe todo. Pero el que lo vea y lo sepa no quiere decir que pueda deducir o entender el porqué de las cosas. La Muerte también se dio cuenta de que había adquirido un sentimiento desconocido hasta la fecha: preocupación. ¿Serían capaces sus ayudantes de hacer el trabajo de la Parca en su ausencia? Aunque hasta entonces no había tenido problemas al respecto, no podía parar de darle vueltas al asunto. Jamás había estado fuera de circulación tanto tiempo. Fue en ese momento, mientras comenzaba a languidecer dentro de su prisión, cuando se dio cuenta de que no le quedaba mucho tiempo.

La mente de la Muerte era un auténtico torbellino de ideas y sensaciones poco agradables: al mismo tiempo que se preocupaba, recordaba claramente cómo comenzó todo aquello, como si hubiese ocurrido el día anterior. Lo cual era cierto en parte: no en vano, la Muerte vivía a la vez en el pasado, en el presente y en el futuro. Desde la percepción del tiempo de los seres humanos, todo había comenzado hacía 11 días….

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11 días antes de todo aquello, la Muerte entró en la habitación del Creador. Estaba deseosa de que llegase una nueva edición con el oráculo que todo lo veía y todo lo sabía. Sus autores, seres irracionales y vehementes en la mayoría de ocasiones, le fascinaban. Realmente estaba deseando que aquello arrancase: se había dado cuenta de que cuanto más tiempo pasaba con aquella gente, más se parecía a ellos. Estaba adaptándose poco a poco a los sentimientos. Aunque adaptarse a los sentimientos cuando nunca los has tenido previamente, es duro. Pero lo llevaba bien. Al fin y al cabo, su curiosidad sobre las formas de vida se estaba viendo saciada de una vez.

Entró en la habitación y sólo encontró una sala vacía: nadie ocupaba la silla, el ordenador estaba apagado y no había ninguna charla acalorada sobre las temáticas de esa edición. Haciendo acopio de todo lo aprendido hasta el momento, decidió tener un mal presentimiento. A fin de cuentas, la situación bien lo merecía.

Ansioso de poder comenzar su colaboración, se concentró y rastreó por todo el globo en busca del Creador y sus otros compañeros. Y no halló nada. Bueno, había encontrado a tres miembros del equipo, pero como nunca había tenido trato con ellos, no les dio importancia. Se dio cuenta que era la primera vez en toda su infinita existencia que no sabía qué hacer. Aquello era imposible. Nunca antes había ocurrido algo así. Rebuscó en la manga izquierda de su túnica y extrajo un reloj de arena cuidadosamente envuelto en un pañuelo de seda granate. Cuando lo desenvolvió, notó algo peculiar: la arena no se movía. Aquel reloj era uno de esos relojes complicados de entender: no se sabía donde acababa o dónde empezaba y, menos aún, cuánta arena le quedaba. La experiencia le había enseñado que, en el fondo, los humanos eran más dueños de su propio destino de lo que a Él le gustaría admitir. El libre albedrío podía sacarlos de más de una situación comprometida. Pero la arena del reloj, siempre fluctuante aunque fuese de manera errática, estaba completamente quieta.

FASCINANTE”, se dijo. “ESO SÓLO PUEDE SIGNIFICAR UNA COSA”. Apretó fuerte la guadaña con su mano huesuda y se esfumó.

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– Sabéis lo que significa esto, ¿verdad? – dijo la voz mecánica.

– ¡Pues claro que lo sabemos, maldita aspiradora con asma! – le espetó la voz estridente.

– ¿Cómo dices, sucia meretriz empelada?

– ¡Basta ya! ¡Los dos! – dijo la tercera voz; una voz que sonaba como si Joaquín Sabina hubiese estado comiendo gravilla y bebiendo jugo de limón durante toda una semana.

– ¿Osas mandarme callar? A mí, que soy el más poderoso de entre los míos, el terror de toda la galaxia. ¿Quién demonios te crees que eres?

– El verdadero Señor Oscuro.

– Insolente. ¿Quieres probar mi poder?

– Tu poder es inútil contra mí.

– Tu falta de fe resulta molesta – El dueño de la voz mecánica le lanzó una mirada fulminante y comenzó a levantar su mano.

– Dejadlo ya, ¿queréis? Me dais dolor de cabeza…

Ninguno de los tres terminaba de entender muy bien por qué estaban juntos. Bueno, había sido una decisión del Creador y no se habían planteado el discutirla. El problema era que esa decisión les había obligado a soportarse y aquello era la más ardua de todas las tareas que habían llevado a cabo nunca. Pero no hay mal que por bien no venga: si el Creador no hubiese decidido que formasen equipo, ahora estarían solos frente a un caos que escapaba a su comprensión. Al menos así tenían la fuerza suficiente como para hacer frente a cualquier eventualidad.

– ¿Deberíamos unirnos al Huesudo y al simio en la búsqueda? – sugirió la voz estridente.

– No. Los métodos del simio son más que cuestionables. Y al Huesudo no me uniría por nada en el mundo. Cuanto menos recuerde que existo, mejor.

– No podría estar más de acuerdo. Pero entonces vamos a estar dando palos de ciego. ¿Por dónde empezamos? – musitó la voz, a falta de una palabra mejor, ronca.

– Pues haremos como hacen todos esos farsantes que creen saber mucho sobre investigaciones policiales: volveremos a la escena del crimen. – sentenció la voz estridente.

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Esperaba encontrar lo que encontró: absolutamente nada. Pero por lo menos lo había intentado. La Muerte había vuelto al sitio al que llamaba hogar antes de mudarse con el Creador: su reino. Su regreso no se debía a cuestiones sentimentales; sólo lo había hecho porque sabía que aquel era un lugar fuera del tiempo y del espacio, por lo que los relojes de arena de los humanos se detenían. Desde el principio no había tenido muchas esperanzas sobre aquello: ¿cómo iba a poder llegar el Creador hasta el reino de la Muerte si solamente era un mortal sin ningún tipo de poder cósmico?

A la mente le vinieron un aluvión de posibles respuestas, pero ninguna de ellas le ayudaría a resolver el enigma del paradero del Creador, por los que las desechó. Recapacitó un segundo y vio que las opciones que se le presentaban eran limitadas, así que optó por escoger la que, a priori, parecía la más sencilla y quizás (pero sólo quizás) la más adecuada. Caminando lentamente, abandonó su antiguo hogar y se volvió a adentrar en nuestro plano.

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El Bibliotecario se detuvo ante la puerta. Era gigantesca y parecía ser bastante antigua. Estaba remachada con láminas de doradas ya corroídas por el paso de los siglos. Los tablones de madera que la formaban eran tan gruesos que podrían haber resistido sin demasiadas dificultades la embestida de de un grupo de elefantes. Sin duda, era una puerta que antaño se podría haber considerado magnífica. Los enormes aros que hacían las veces de pomo se movieron pesadamente mientras él abría la puerta. Tuvo que utilizar más fuerza de la que pensaba que iba a necesitar. Tensó los músculos de los brazos y las caderas y la puertas comenzaron a ceder más fácilmente. Las bisagras chirriaron como un ejército de grillos en una noche de verano. El simio se paró en el umbral y miró hacia el interior. Frente a él sólo había un túnel de piedra torpemente iluminado por un par de antorchas.

Mientras pelaba un plátano y se rascaba el trasero (la ventaja de ser un orangután era la simultaneidad a la hora de hacer tareas diversas) pensó que ojalá se hubiese traído una lámpara. No es que tuviese miedo, ni de perderse ni de lo que podría encontrar más adelante. Quería recopilar toda la información que pudiese de aquel lugar y hacerlo a tientas le iba a resultar complicado.

Se puso a andar mientras mascaba ruidosamente el plátano y arrastraba sus nudillos. Aquellos sonidos le revelaron rápidamente su posición a los acechadores de las sombras.

Aquel era un objetivo demasiado fácil: un mono bajito y rechoncho que andaba como un pato se había infiltrado en su territorio. El líder de la manada de cosas se arremolinó sobre sí mismo y saltó como un muelle hacia el simio, abriendo sus 4 bocas para poder desgarrar al intruso con mayor comodidad. No había recorrido ni la mitad de la distancia que lo separaba de su presa cuando empezó a arrepentirse.

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¡Permanezcan tuneados, a la misma slowpokora, en el mismo slowpokanal!


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2 Respostes to “The quest (parte I)”

  1. Superlayo Says:

    Me dejas estupefacto y no entiendo nada. Pero supongo que es buena señal, porque estoy deseando leer “The quest (parte II)” para solventar dudas. :p

  2. Ch@RLieRiCh@RD aka Slowpoke comentarista Says:

    Pues prepárate, buen Layo, porque esto es sólo el principio. Si te pierdes un poco, te recomiendo que busques info de personajes de Terry Pratchett y de la serie IT Crowd.

    Y como parece que el resto del mundo pasa de este enorme relato, pues te lo dedico a ti y punto pelota.

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